Pablo
- Misia Lerska
- Apr 14, 2019
- 12 min read
I wrote this short story in 2017 while living in Chile and working with Haitian refugees.
-Háblame un poco de ti: ¿Cómo te llamas, de dónde vienes y por qué estás aquí?
-Me llamo Nadège, soy de la capital de Haití: Port au Prince. Estoy en Chile porque mi marido… Tengo un problema con mi marido y tenía que irme. Yo estudiaba mucha sociología y no podía dejar a un hombre poseerme. La sociología es lo que me interesa. Tenía cuatro hijos, pero les dejé con mi marido. Estoy aquí para empezar mi vida, una nueva vida.
-Hablas muy bien español, ¿donde aprendiste a hablar así?
-Viví mucho tiempo en la República Dominicana, donde aprendí español.
-¿Entonces no eres como los otros haitianos que llegan a Valparaíso, verdad?
-No, los otros llegan aquí por la mayor parte sin hablar español, y por causa del terremoto de 2010.
Nadège estaba ayudando a una alumna francesa, que estaba haciendo un documental sobre los inmigrantes en Valparaíso.
Valparaiso.
(***)
Se ven casitas amarillas, rojas, verdes, azules, rosadas, naranjas, moradas, todas apiladas sobre cerros, sobre historia. Pablo Neruda caminaba por estas calles estrechas. Pablo de Rokha lloraba en los cerros. Valparaíso es una laguna artística rodeada de poemas, cuentos, cuadros, de canciones.
¿Cuál será nuestra canción? Viviendo aqui, la gente se siente obligada a crear, crear arte, añadir algo a la biblioteca de mundos llenos de emoción y de color. Es una ciudad feliz, un lugar abierto, tierno, amoroso. Un mundo artístico que se quiere fácilmente y que te quiere tambien.
Las casas son coloradas, pero las caras no. Chilenos mestizos se llaman blancos a sí mismos y los pacos utilizan guanacos cuando hay protestas mapuches. Los mapuches no son chilenos, ¿verdad? ¿Qué es ser chileno?
Aquí vienen los haitianos, piel negra que busca máscara blanca. Tienen que ser chilenos. Integrarse en ese mundo de colores, escondiendo su propia negritud.
Aquí llegó Nadège, de Port au Prince, Haití, el país más pobre de los Américas. Hoy estaba viviendo en otro lugar, con más trabajo, más oportunidades. Qué suerte, que sabía hablar español, sería más fácil integrarse. Ahora estaba caminando a su casa, en Pedro Montt, cerca del terminal de buses. Sus pies estaban cansados y tenía calor, era el empiezo de diciembre y las temperaturas empezaban a subir. Una madre chilena estaba caminando por el lado opuesto de la calle con su hija, una linda chica de entre seis y ocho años vestida de rosado. La niña estaba sonriendo a Nadège mientras caminaban al unísono , en lados opuestos de la calle. Nadège le sonrió también, se sentía feliz.
-¡Mira mira mamá! ¡Una negra!- gritó la niña.
(***)
Nadège vivía en un departamento con otros cuatro inmigrantes, dos chicas y dos chicos: Cristelle, Tatiana, Emmanuel, y James. Era un departamento muy pequeño, con solamente dos piezas; los chicos dormían en una y las chicas en la otra. Todos habían conseguido trabajo, ellos trabajaban en construcción y ellas en cocinas. Nadège era la excepción, trabajaba en una librería de sociología.
-Alo tout moun, ki jan ou ye?-dijo Nadège, entrando en la habitación.
-Nadège, nou ap kwit manje. Kisa ou vle manje?-le llamó Cristelle, desde la cocina.
-Mwen te deja manje, di ou mèsi. Mwen jis te vle chanje soulye, men kounye a mwen pral travay.
-O bon, orevwa!-le respondieron todos.
La librería estaba ubicada en Bellavista, a una calle de la Plaza Aníbal Pinto. Era una tienda muy pequeña con un montón de libros desordenados de ciencias sociales. Cuando una persona entraba, sonaba una pequeña campana. De lejos el lugar parecía sucio y desordenado , pero todos los trabajadores sabían exactamente dónde estaban ubicados los libros importantes.
Nadège tenía mucha suerte de trabajar ahí, y era gracias a su español avanzado. No pagaban bien, pero cada día llegaba al trabajo sonriendo, porque podía hablar de lo que le gustaba. Los académicos chilenos de Valparaíso iban a la tienda para consultarle y ella podía utilizar su saber extenso de sociología. Le encantaban los libros. Se sentía orgullosa y se sentía libre. Nada se parecía más a la felicidad que el olor confiable del papel, un olor que se podía encontrar en su casa de Port au Prince, como aquí, al fin del mundo.
Tenía su mente ahogada en un mar de libros cuando escuchó la campana sonar. Había entrado un hombre chileno de su edad, con un traje sombrío y una sonrisa muy grande. Su pelo era negro muy brillante, bastante corto y peinado hacia atrás. Caminaba como si conociera dónde estaba cada objeto en la biblioteca; emanaba un aura de confianza y de presencia masculina. Nadège estaba hipnotizada. Hizo un esfuerzo por volver a las páginas del libro.
-Permiso, ¿una consulta por favor?-llamó el desconocido guapo.
-¿Cómo le ayudo?
-Estoy buscando un libro para mi clase de filosofía, ¿puedes ayudarme?
-Por su puesto señor, ¿qué está buscando?
-No conozco muy bien el autor, un weon francés, pienso. ¿Francia Fanon?
-Usted quiere decir el filósofo Frantz Fanon?
-Sí, tiene que ser él. Estamos estudiando la Filosofía del colonialismo en mi clase, ¿hay algo que me puedas recomendar de él?
-Sí, Fanon es un escritor maravilloso, espere un momento.
Nadège estaba botando todos los libros al piso, ansiosamente buscando la novela específica.
-Aquí tengo.-susurró Nadège, con una sonrisa nerviosa.
-Piel Negra, Máscaras Blancas, ¿leiste eso?
-Sí, y me encantó. Espero que le guste también.
-Ya po, ¿cuánto sale?
-Cuatro lucas, no más.
-Perfecto.
Mientras que el desconocido estaba buscando la plata en su billetera, Nadège no pudo evitar mirarlo. Estaba fascinada. Él tenía ojos muy tiernos, que le hicieron pensar que era muy fácil perderse en su mirada.
-Y tú, ¿de dónde vienes?-le preguntó, dándole el dinero.
-Soy haitiana, ¿y usted?
-¿Yo? Chileno, po. De Santiago, pero ahora estudio acá.
Nadège le sonrió y los dos se quedaron mirándose a los ojos en silencio. El momento no pudo haber durado más de diez segundos, pero le había parecido una eternidad. Una feliz y tranquila. Una eternidad que le parecía ser un nuevo hogar.
-¿Me das el libro por favor?-preguntó el desconocido. La estaba esperando.
-Pucha, por su puesto, aquí está.
-Te ves muy linda, ¿sabes?
-¿Cómo?
-¿Quieres tomar un café conmigo, un día?
(***)
-Mwen vle gade trè bèl, ede m '.-dijo Nadège a Tatiana.
-Mwen pa ka kwè ou pral soti ak yon chilyen.-le contestó.
-Ou pa konprann, li se trè bèl. Ak anpil entelijan. Li etidye filozofi.
-Yon sosyològ tonbe nan renmen ak yon filozòf...
-Kabab.
Nadège se había puesto su vestido más lindo, uno blanco cubierto de flores y encaje. Se sentía hermosa y lista a ver a su filósofo. Sin embargo, cuando salió y empezó a caminar, se dio cuenta de que había mucho viento. Tenía frío.
Se habían dado cita en el Café del Poeta, en Aníbal Pinto. Nadège se sentó en una mesa adentro, cerca de la ventana para que resultara fácil encontrarla. Se dijeron que se verían a las 16:00. Eran las 15:54. Era normal que todavía no llegara.
-Un café espresso por favor. Sin leche y sin azúcar.
A las 16:23, Nadège había tomado 3 cafés y todavía estaba sentada sola. Se sentía muy ansiosa por causa de la bebida y porque tal vez él estaba bromeando cuando dijo que quería salir con ella. Había resuelto estar sola para siempre cuando entró.
Tenía una polera blanca y un jeans. Su pelo brillante reflejaba el sol. Parecía todavía más lindo que la última vez. Sus ojos la estaban buscando afuera, entonces Nadège tocó la ventana, haciendo un poco de ruido y sonriendo. Cuando la vio, sus labios se separaron y entró al café.
-Hola Nadège, ¿cómo estay? Estoy feliz de verte.-le dijo, como si nada hubiera pasado.
-Hola, muy bien ¿y tú?
-Oye, un cortado doble por favor.-gritó al camarero. ¿Quieres algo?
-Una manzanilla por favor.
-Ya po, un cortado doble, una manzanilla y una porción de torta chocolate manjar por fa. Y dos cucharas. Vamos a compartir.
Él parecía tan seguro de sí mismo, pidiendo su café. A Nadège le gustaban los hombres confiados.
-Veo que tomaste muchos cafés. ¿Estás aquí de hace mucho rato ?
-No, solamente tenía que despertarme.
-Ah bueno, porque nosotros chilenos siempre llegamos tarde.-le dijo, riendo.
-¿Porque eres tan experto en los chilenos, verdad?
-Por su puesto, soy el hombre más chileno que conoces.
-¿Cómo te llamas?
-¿Nunca te dije mi nombre?
-No.
-Es un nombre muy chileno.
-No conozco muchos nombres chilenos.
-Por su puesto que conoces: Miguel, Diego, Francisco…
-Y cual es el tuyo?
-Pablo.
-Como el poeta?
-Sí, como el gran poeta.
-Me gusta mucho Pablo de Rokha.
-Cuando digo gran poeta chileno pienso Pablo Neruda, no Pablo de Rokha. ¿Visitaste a la Sebastiana?
-No.
-Vayamos juntos un día. Pablo Neruda es un joya de la cultura chilena.
-Cuando te digo cultura chilena, ¿en que piensas? ¿Como se define?
-Mote con huesillo-una risa.
-¿Cómo?
-¿No conoces Pablo Neruda y no conoces el mote con huesillo?- se estaba riendo en voz muy alta, de manera que todos en el café lo estaba mirando.
-No estoy aquí de mucho tiempo, lo siento.-se sentía avergonzada.
-Comamos mote con huesillo juntos uno de estos días, entonces, tienes que aprender lo que quiere que decir ser chileno.
-Entonces yo puedo enseñarte como ser haitiano…
-Bueno, pero no me importa lo que me dices se lee un poco tosco, como si lo que ella dice no fuera importante. Mejor algo como: pero quizá me distraiga si puedo mirarte todo el dia. Eres tan linda.
-Gracias.
-Te lo juro, hay algo de tu físico que me encanta.
-¿Mi físico? ¿En qué sentido?
-No sé po, es que te ves tan distinta de las chilenas, más interesante. Me encanta descubrir otras culturas y otros cuerpos.
-Me alegra saber que te gusto.
Tomó su mano.
-Eres la más linda chica que he visto en mi vida.
(***)
Estaban saliendo juntos desde hacía tres meses: ella dormía en su departamento la mayoría de las noches, desayunaban juntos, él la acompañaba hasta la librería, ella lo esperaba hasta que terminara la universidad, era como si estuvieran construyendo una vida para ambos.
Nadège ayudaba a dar clases de español en una iglesia cerca de su casa. Iba ahí cada lunes y viernes. Hablando español y criollo, servía de traductora. Desde que empezaron a salir, Pablo la acompañaba. De hecho, fue tantas veces que se hizo profesor voluntario.
-Repítanlo, por favor, ¡rojo!- gritó a la clases de unos diez adultos haitianos.
-Loje-o.- contestaron.
Los profesores chilenos de reían, qué tierno que no podían pronunciar letras tan básicas.
-Con una rrr y la jjjoota española.
-Lojo
-Mucho mejor, ¡bravo!
-Stephanie, ¿quieres que te ayude con algo?- preguntó Nadège.
Stephanie era una chica de cinco años. Nació en Haití, donde quedó su padre. Vivía en Viña del Mar con sus hermanos. Su madre asistía a las clases de español cada semana, pero no tenía dónde dejar a con Stephanie, entonces siempre la llevaba.
La niña siempre llevaba ropa rosada demasiado grande para ella. Sus ojos te miraban, como si estuvieran buscando una respuesta en tu mirada. Era bastante grande para su edad; Nadège inicialmente pensaba que tenía por lo menos ocho años.
Nunca habló español en su vida antes de llegar a Chile. Cuando se fue de su casa estaba justo empezando a aprender francés. Ahora mezclaba todo. Cuando le preguntaban qué quería comer, gritaba:
-Mais… ¡No sé po!
Los adultos estaban trabajando en una actividad escrita, en que tenían que completar los nombres de frutas y verduras.
-Mira, aqui puedes poner pepino y aqui pones choclo. ¿Conoces el choclo? Es amarillo y muy rico, muy rico. Mmm…- la chilena le dijo, con una amplia sonrisa.
Los alumnos tenían entre 25 y 45 años, pero les estaban hablando como si fueran niños. Esto molestaba a Nadège, pero no decía nada porque no quería pelearse con nadie.
-No entiendo rien, Nadège.- le dijo Fabiola
Nadège se había acercado a Fabiola, una mujer que formaba parte del curso. Fabiola y Nadège se parecían mucho en tamaño y cara: Tenían los mismos ojos inocentes, el mismo pelo largo, la misma piel negra y el mismo cuerpo femenino y sensual.
-Fabiola, sé que no estabas escuchando. A veces pienso que vienes a las clases solamente para pasar tiempo conmigo.- le contestó Nadège.
-Nadège! Nadège! Ayuda, pol fa.- llamó Stephanie, del lado opuesto de la pieza.
-Ya voy , mi amor. Pablo, ¿ayudas a la Fabiola, por favor?
-Todo para ti, mi linda.- le dijo Pablo.
(***)
-Dos a la Sebastiana, por fa.
Pablo y Nadège estaban yendo a la Sebastiana, para que ella pusiera visitarla por la primera vez.
-¿Oye, no parece linda esta mujer?
Pablo estaba hablando con el hombre del colectivo.
-Ella es mi polola, la quiero mucho porque es la mujer más linda del mundo.
Cuando llegaron , Pablo abrió la puerta para Nadège con una gran sonrisa. Ella se sentía feliz, tenía mucha suerte. Estaba pololeando con un hombre realmente bueno, se imaginaba pasar su vida con él y hacer todas las cosas que hacen los parejas con el tiempo: casarse, tener hijos…
De frente de la Sebastiana, se quedaron un momento mirando la bella vista de Valparaíso.
-¿Echas de menos a Haití?- le preguntó Pablo.
-No.
-¿No es tu casa?
-Mi casa es donde estoy contigo.
Era un día de sol y los cerros cubiertos de casitas se parecían a un arcoiris. Irse a Chile había sido la mejor decisión de su vida. Los chilenos eran muy simpáticos con ella y con sus amigos la mayor parte con la mayor parte de sus amigos. Podía disfrutar de la vida, y podía confiar en los hombres de nuevo.
Nadège se dio cuenta de que cuando estaba mirando los cerros y el mar, Pablo la estaba mirando a ella, con sus grandes ojos tiernos.
-¿Por qué me miras así?
-Eres tan linda.
Le dio un largo beso y entraron a comprar las entradas al museo.
Escucharon a dos guías mientras que estaban visitando la casa del poeta; estuvieron todo el tiempo tomados de la mano.
En la pieza de Pablo Neruda, Nadège se paró mucho tiempo de frente al closet, donde se veían los zapatos de Matilde, la mujer de Neruda. Examinándolos, se dio cuenta de que no había casi nada en la casa que tuviera la identidad de Matilde. Estos zapatos habían estado en este piso, pero no dejaron ni una marca. Todo pertenecía a Pablo y era según su personalidad. No era la casa de una mujer, sino de un poeta.
-Linda, ¿que estás haciendo?
-Mira sus zapatos.
-Hay primeras ediciones de la mejor poesía del mundo por todas partes aquí, y tú te fijas en unos viejos zapatos?
-Es la única cosa que veo de Matilde.
-Matilde no era poeta, ¿qué te importa?
Salieron para caminar un rato, Pablo hablando de la poesía, Nadege escuchándolo, enamorada, fascinada.
Caminaron mucho tiempo por la Avenida Alemania, hasta llegar a un mirador en Plaza Bismarck. Allí se sentaron para almorzar lo que habían llevado : dos empanadas napolitanas y una ensalada de tomates y palta.
-Tengo tanta suerte de haberte encontrado , este día tan feo en la biblioteca.- le susurró Pablo, besándola en el cuello.
-¿Feo? Era un día de sol.
-Me sentía muy triste este día.
-¿Que había pasado?
-Nada, es que tuve una otra polola por mucho tiempo antes de ti y estaba pensando en ella.
-¿Cómo se llamaba?
-Luciana, era colombina. Muy linda, parecida a ti.
-¿La echas de menos?
-No, teníamos muchos problemas.
-Te entiendo.
-Ah
-Yo también tenía una pareja en Haití con muchos problemas.
-Nunca me hablaste de él.
-No importa, tenemos suerte de estar aquí, ahora. Juntos.
Se abrazaron; y aunque cerró los ojos, Nadège siguió viendo el lindo arcoiris del mundo de Valparaíso.
(***)
Ese día, Nadège se despertó más temprano que normalmente porque tenía dolores del estómago. Eran solamente las 6:30 de la mañana, pero las molestias la hicieron incorporarse .
Bueno, es un poco temprano, pero no importa. Puedo ir a ver Pablo más temprano, hoy.- pensó.
Se habían dicho que se verían a las 12:00 para almorzar. Nadège no había podido dormir en su departamento la noche anterior porque Pablo tenía mucho que estudiar y tenía que concentrarse. A veces necesitaba pasar toda la noche estudiando. Nadège pensaba que era muy tierno, que le importaban tanto sus estudios.
Había habido una tormenta la noche pasada, y el aire tenía un gusto más limpio. El sol estaba saliendo.
A pesar de su náusea, caminando por la calle, Nadège se dio cuenta de que realmente le encantaba esta ciudad: Valparaíso. Con el tiempo, ya casi seis meses, aprendió a querer íncluso los detalles un poco más feos: la suciedad viscosa de las calles, las miradas incesantes de los hombres, la impredictibilidad de las micros. Dentro de este mundo caótico, había encontrado un hogar multicolor, lleno de arte, de amor.
El amor, queé amor. Aunque era tan temprano, Nadège sentía su cara iluminarse al pensar que vería a su amante.
Sé que no me está esperando, pero puedo llevar empanadas para el desayuno. Sé que se sentirá alegre. Lee gusta verme.
Se sentía feliz, pero su náusea se podía sentir cada vez más.
No importa, sentir sus brazos sobre mi arreglará mi estómago.
Llegó al departamento a las 7:30 de la mañana con empanadas y una gran sonrisa. Subió cada paso de la escalera que conocía tan bien. Se sentía en casa.
Cuando llegó a su puerta, encontró la llave de seguridad que Pablo guardaba en el vaso de flores de la ventana y abrió. El departamento estaba en silencio. Pablo probablemente estaba todavía durmiendo. Se lo imaginaba acostado en su gran cama, abrazando sus cubiertas, como lo hacía cada noche.
Entrando a su pieza, Nadège estaba sonriendo y lista para darle un beso de buenos días. En lugar, encontró Pablo acostado en su gran cama, abrazando a Fabiola.
-Nadège, ¿qué haces aqui? Te dije que tenía que estudiar hoy. No nos veríamos hasta las 12:00.- le dijo, serio.
Le pareció que su estómago había caído al suelo; y no podía dejar de escuchar un ruido molesto sonando en sus orejas. Se quería desmayar, quería vomitar, quería cualquier cosa que no fuera estar ahí con él.
De repente se sentía de vuelta en el Café del Poeta, donde habían tenido su primera cita. Estos mismos ojos tiernos la habían mirado y sus labios llenos de mentiras habían susurrado:
-Eres la mujer más linda que encontré de toda mi vida.
Y cómo lo había creído.
Nadège corrió afuera, corrió hasta su casa, corrió tan rápidamente que Valparaíso parecía ser una mancha fea, sin ningún sentimiento.
Cuando volvió a su casa, su náusea era mucho peor. Lloró en su cama, rasgando las sábanas hasta hacerlas añicos .
Lo que le dolía, lo que le rompía el corazón, era que Fabiola se le parecía mucho. Nadège no había sido especial, su belleza era definida por exotismo, por sensualidad genérica y falsa.
Este pensamiento la hizo vomitar. Sus rodillas se doblaron sobre el piso gris y frío de Valparaíso, Nadège expulsó cada parte de su cuerpo, cada memoria, cada momento de amor.
Levantándose, se miró a sí misma en un espejo de vidrio. Su cuerpo negro le parecía feo y usado. Sus ojos, cansados. Sus piernas, inestables. Su pecho, colgando. Su matriz, llena de una nueva criatura, perteneciente a su nueva tierra.
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